Mi cuento de Navidad






Por Germán Carías/GCIDA2022©️


Estaba preparado, luego de ver en las Redes Sociales , como si se tratara de un déjà vu sin final o una rotativa que imprime sin parar el mismo ejemplar una y otra vez, las instantáneas de los usuarios festejando las fiestas decembrinas, para colgar una foto al lado de mi familia con el árbol de Navidad de fondo y seguir el ejemplo. Pero el repiqueteo del timbre del celular me sacó de mis pensamientos.


— Aló. Dios te bendiga. 


— Aló. ¿Con quién hablo? En mi identificador de llamadas se lee el número telefónico: (777) 777-7777. Además dice que pertenece a una compañía de nombre “Amén”,


— Te habla el cumpleañero.


— Nadie me invitó a una fiesta de cumpleaños. Si es una broma, marketing de evangélicos o testigos de Jehová. Le voy a tener que colgar.


— No seas tan egocéntrico. La invitación es para todo el mundo sin distinción de raza, religión, sexo, afiliación política, condición económica o edad.


— ¿Eres evangélico o testigo de Jehová? Pregunté con prejuicios.


— Y quien te dijo a ti que amar a Dios es exclusivo. Al yo ir a la tierra nunca hablé de religión. No importa el nombre que le des a los feligreses, si se reúnen para adorar a Dios, son bienvenidos. 


En ese momento tuve el impulso de cortar la llamada. Sin embargo la voz me hacía sentir bien. No lo puedo explicar. Sentía paz, amor y felicidad. Aunque me atemorizaba que dijese que vino a la tierra y no habló de religión. 


Y con reservas traté de hilvanar mis ideas.


El reloj de pared avisaba que eran las once de la noche, ya el pájaro había salido y mientras picoteaba emitía su peculiar sonido… Cucú, cucú, cucú, cucú, cucú cucú, cucú, cucú, cucú, cucú, cucú.


Sobre la mesa de la sala estaba el libro de Stephen King “Fairy Tale” que tuve que dejar de leer. Un vaso de whisky lloviznado con el hielo casi totalmente derretido. Me paré del sofá y caminé a la cocina para botar mi trago. La nieve la podía ver a través de la ventana y a los muchachos lanzándose las bolas de hielo blanco.


— Quien quiera que sea o me envía un selfie o voy a trancar. Buscaba hacer tiempo.


— Tu fe es débil.


En ese momento sonó una campanada aguda, había llegado un mensaje de WhatsApp, tomé mi iPhone y revisé. La fotografía era una luz brillante, pero no se distinguía ninguna forma. Puse el teléfono de cabeza, horizontal y vi  la  pantalla en un espejo. Nada. 


— Es que tu mundo se ha vuelto tan banal y se necesita mostrar todo en fotografías, por lo que se ha vuelto tan importante enseñarle a los demás que somos felices, exitosos o graciosos. Todo se ha reducido a tomarse fotos y burlarse o insultar a tu prójimo.


Y aquella voz grave, profunda, cariñosa prosiguió con su reflexión.


— Recuerdo tus plegarias tan sentidas y sinceras. Eras un niño de tan solo diez años y ya te gustaba escribir. Pero también la de todos los que ahora pasan horas y horas en lo que llaman Redes Sociales. Aunque tienen más de insociables ante tanta agresividad. Aquel hombre hizo una pausa y emitió una especie de quejido.


El timbre de la puerta me cimbró por completo y me causó escalofríos. Al abrir no había nadie, solamente un paquete con mi nombre y sin remitente. Sin embargo lo tomé. Caminé hasta mi oficina y rompí el envoltorio. Un cuaderno marca Caribe con mi nombre, Germán G. Carías, el grado de primaria, Cuarto, y la asignatura, Castellano.


Regresé al sofá desorientado, no entendía nada, pero al abrir el cuaderno Caribe, resaltaba con marcador amarillo el título de una historia de ficción que yo escribí, “El Día que Hablé con El Niño Jesús”. Recuerdo que el profesor Colmenares nos había dejado de tarea escribir un cuento, historia o narración de ficción. En clase el abnegado maestro nos había leído, “El Viaje Fantástico” de Isaac Asimov, quien relató el asombroso periplo de personas, que fueron reducidas de tamaño para que viajaran dentro del cuerpo humano. Es como mi imaginación ideó una conversación mía con el hijo de Dios, a través de un artefacto que podía llevar las ondas hertzianas a millones de kilómetros, al inspirarme en el famoso zapatófono que utilizaba Maxwell Smart en la comedia “El Súper Agente 86”.



— ¿Te acuerdas de esa conversación que escribiste y que solo fue una entre miles? Me conmovía tu pasión al rezar y pedirme que no te pegara el balón de cuero mojado por la lluvia en tus juegos de fútbol en el liceo. O al solicitarme que no te abandonara el día que te secuestraron 3 individuos, los hampones te tuvieron apuntado con una pistola 9 milímetros en tu cabeza mientras robaban tu casa, luego te montaron en un carro y uno de ellos  manejaba tu vehículo. Y al dejarte en una estación de servicio, que pensaste en ese momento que era tu fin y te iban a disparar, no ocurrió y hasta tu carro apareció a la semana. Pero al pedirme que te ayudara a darle tu primer beso a tu novia de primaria, nunca lo olvidaré porque lo hacías con tanta fuerza y fe que no pude negarme.


— ¿Quién eres un familiar? Si es una broma, ya ha ido muy lejos.


— Soy alguien que te ama al igual que a todos tus hermanos en la tierra. Aunque no es recíproco porque en las afamadas Redes Sociales nadie se hace una foto conmigo, te recuerdo el cumpleañero, ni siquiera Facebook le avisa a los usuarios que me feliciten en mi aniversario de vida. Todos se ponen sus mejores galas y se retratan  ante un arbolito. Además lo que esperan es el tan ansiado “like” o ser un “influencer” y tener montones de seguidores. A mi solo me siguieron doce discípulos.


Y casi entre sollozos culminó.


— El peor enemigo de un ser humano es otro ser humano. También quieren destacar a costa de lo que sea sin importar cómo lo hacen. Mi padre al ver que todos querían vivir en el mundo virtual, envió el COVID-19 para que estuviesen aislados. Pero ya se les olvidó lo que vale el contacto humano y vuelven a la rutina del mundillo mediocre, vacío, también inexistente de las Redes Sociales, es decir, la mentira de un millón de amigos a los cuales ni siquiera le han estrechado la mano.


Como si estuviera en una caverna oía mi nombre que era repetido sin cesar, Germán, Germán, Germán… De repente una mano me despertó. Mi esposa me avisaba que estaba servido el desayuno. Había amanecido en el sofá. Sobre la mesa el libro de Stephen King “Fairy  Tale” y un vaso de whisky vuelto agua por el hielo derretido. Caminé hasta la cocina y boté el licor, miré por la ventana la nieve y a los muchachos lanzándose bolas de hielo blanco. Tomé una taza de café y me fui al estudio, encendí la computadora para revisar las noticias y corregir unos boletines de prensa. Revisé mi email. Uno de ellos me llamó la atención decía “Feliz Navidad” y no se podía identificar un remitente, venía con un archivo adjunto que abrí arriesgándome a que fuese un virus. Era un PDF del Cuaderno Caribe de cuarto grado con la historia de ficción “El Día que Hablé con El Niño Jesús”.



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